El don de la clarividencia se transmite, por regla general, a través del mismo sexo y con una generación de por medio, es decir,
de abuelo a nieto o de abuela a nieta. Fue así como mi abuela llegó a heredar esta facultad. Por la fecha de mi nacimiento, ella atendía su consulta en un pequeño local, cercano a la casa de mis padres. Tal era su oficio, y gracias a éste había podido criar y educar a mi madre, con la ayuda de sus "pactos de videncia". Estos pactos consistían en que los consultantes depositaban una suma en un sobre preparado para tal efecto, o aportaban algún objeto, siempre de acuerdo con sus posibilidades o con la importancia de sus preguntas. Nunca se les exigía una cantidad determinada. Al final del día, mi abuela abria los sobres sin hacer el menor comentario. Con ello, respetaba una tradición muy antigua según la cual, en aquellos lugares donde se rinde culto a los dones adivinatorios, son los mismos consultantes quienes deciden el precio a pagar, de modo que no sea excesivamente elevado ni demasiado poco; los dioses son más sabios que los humanos. En esta forma, sólo tocaban a la puerta de mi abuela aquellas personas que habían reflexionado lo suficientemente sobre la necesidad de sus preguntas.
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Los signos de clarividencia pueden darse desde una edad muy temprana. En mi caso, no se manifestaron aquellos que son patrimonio de los grandes videntes, quienes pueden leer en el pasado o en el porvenir sin apoyarse en apoyos externos, como son las cartas o las bolas de cristal. Desde el primer momento en que comencé a hablar, mi abuela estuvo muy pendiente de las posibles manifestaciones que le permitirían adiestrarme en la clarividencia. Recién cumplidos mis cuatro años, a comienzos del verano, partimos junto con mi nodriza hacia el campo. (todo esto me lo relató ella misma más adelante). Una noche, eran las tres de la mañana cuando fuí hasta ella y la desperté diciendo: |
"Nana, nana, acabo de ver a mi padre y he oído que me decía "estoy muerto, pero velaré por tí". -" ¿Dónde le has visto?", me preguntó, "junto a esa ventana, delante de la cortina", le respondí. Mi nodriza, que por aquel entonces era militante del partido comunista, decidió propinarme unos azotes lo suficientemente revolucionarios como para permitirme asimilar las realidades materiales. Volví pues a la cama y me dormí llorando a gritos. A las cinco de la mañana mi madre llamó por teléfono para avisar a mi nodriza que mi padre acababa de morir, justo a la hora en que me había despertado. Más tarde, una señora había sido invitada a cenar y dije que ella no podría venir por haberse hecho daño en una pierna. En efecto, su marido nos avisó desde el hospital, donde la llevaron por haberse roto una pierna. En fin, era normal para mí el adivinar el sexo de los niños antes de que nacieran, o el describir personas que llegarían a nuestra casa, sin que se les esperase. Un día, mencioné a unos hombres altos, vestidos con botas negras. Ví que entraban a casa, pero nosotros ya nos habíamos ido. Esto ocurrió en 1939. Al año siguiente dejamos París, junto con mi madre y mi abuela, con la esperanza de poder pasar alguna frontera. N os vimos obligados a ir de ciudad en ciudad. Fue en este período cuando comenzó mi aprendizaje.
En opinión de mi abuela, la visión que tuve de mi padre no era un signo importante de clarividencia. Muchos niños pueden tener una experiencia semejante. En cambio, las otras manifestaciones le llamaban la atención y a menudo me preguntaba sobre ellas. Un día me permitió mirar unas láminas que me parecieron muy bellas y maravillosas. Luego las recogió y me pidió que sacara cuatro de ellas. Es así como seleccioné el Colgado, el Carro, el Ermitaño y la Estrella. Para mi abuela, ésta fue la señal que le permitió dar inicio a su enseñanza. Las palabras no servirían para describir la pasión con que entonces nos entregamos a este trabajo, a espaldas de mi madre, quien no veía con muy buenos ojos este tipo de actividad.
Mi asistencia a la escuela no era muy regular, puesto que la vida nos exigía ir de hotel en hotel, cambiando constantemente de lugar. Cuando una ciudad dejaba de gustamos, la dejábamos para ir hacia otra que nos resultara más acogedora. Es así que me acostumbré a pasar sólo cortas temporadas en la escuela, y luego a dejarla para emprender otra vez nuestro viaje. Frecuenté de esta manera todo tipo de establecimientos: escuelas laicas, privadas y religiosas, e instituciones comunales donde solía encontrarme con pequeños gitanos que también iban de paso, como yo, con quienes me comprendía muy bien. Pero mis estudios no dejaron un recuerdo importante. Por el contrario, mis sesiones de aprendizaje con mi abuela se grabaron con tanta fuerza en mi memoria, que aún hoy las recuerdo como si las hubiese vivido ayer.
Al llegar a una ciudad, mi abuela solicitó en el hotel, una habitación donde hubiera un armario con espejo. Este deseo le era concedido casi siempre. Mi entrenamiento comenzaba por el uso del espejo. Debía empezar mirando con fijeza mi propio rostro, y sobre todo mis ojos, lo cual me provocaba un gran temor. "tus ojos -decía mi abuela-, guardan lo que has visto en existencias anteriores. La memoria está allí", y me indicaba un punto entre los dos ojos. "Abuela, el espejo se ha vuelto completamente negro". Entonces, ella interrumpía la sesión para volver a intentarlo al día siguiente. Según ella, esta experiencia fue un fracaso. Era necesario entrar en el espejo sin mover el cuerpo, pero con conciencia de ello. Yo sólo veía un color oscuro y ello me producía tal temor que era incapaz de dejarme llevar. Durante una temporada, hicimos a diario este ejercicio. Cuando mi abuela salía por cualquier motivo de la habitación y me dejaba sola frente al espejo recuerdo que lo golpeaba furiosamente con mis puños. De tal manera detestaba estos ejercicios, que hubiera querido romperlo. Al final, agotada, caía al suelo y me dormía. Entonces soñaba que podía atravesar las sombras del espejo, las cuales descendían en espiral hacia una luz que brillaba en el fondo. En esta época, tenía apenas seis años. Al ver el fracaso de esta tentativa, mi abuela decidió cambiar de sistema. Procedía entonces a mirarme con dulzura, estando yo sentada, hasta que entraba en un adormecimiento, y luego me pedía que respondiera a sus preguntas. Un día, con los ojos muy abiertos, describí a unos soldados alemanes, que se encontraban colgados. Era, añadí, el fin de la guerra. Ella me preguntó el momento exacto, pero no supe decírselo, pues sólo veía unas letras que se hallaban sobre sus cuerpos. Mi abuela las anotó y, más tarde, verificó que estas correspondían a las iniciales de los ajusticiados en Nuremberg.
Puesto que todo saber es importante, me enseñó luego a leer las manos, antes de que aprendiera a leer en los libros. Progresé con rapidez en esta "disciplina" ya que me divertía mucho. En la escuela, cuando asistía a ella, me ejercitaba leyendo la mano de otros niños, lo cual en alguna ocasión provocó mi expulsión de alguna institución religiosa. La Iglesia nunca ha visto con buenos ojos a los clarividentes, y tampoco a los de corta edad.
Por entonces, mi abuela me instruía en forma progresiva sobre aquellas láminas, que ahora yo reconocía como el Tarot. Había adquirido el derecho de poder contemplarlas atentamente, para luego describirlas con detalle. En seguida, fui aprendiendo el significado de los colores, los trajes y los objetos que allí están representados.
U n día, mi madre dijo que se nos había agotado el dinero, y como no existía tampoco la posibilidad de trabajo, se hacía indispensable partir lo antes posible hacia otra ciudad. Al llegar allí, mi abuela solicitó otra habitación en el hotel, y preparó unas tarjetas donde se explicaba que había instalado su consulta en este hotel, y las condiciones para asistir a ella. Repartimos pues las tarjetas por los bancos de las plazas, los árboles y lugares cercanos. A la mañana siguiente, me invitó a conocer su gabinete de trabajo. Había colocado un tapiz de color violeta sobre la mesa, con el Tarot desplegado a la vez sobre éste; se trataba de una baraja extraordinaria, que yo no había visto nunca antes. En un rincón se quemaba algo, que me recordaba el olor propio de las iglesias, mientras que una vela se encontraba encendida sobre la mesa. Las cortinas estaban cerradas y una silla vacía había sido colocada delante de-la de mi abuela. Me indicó que permaneciera en un rincón con el fin de observar su trabajo. "Comos eres una niña, no se sentirán molestos los clientes". Me senté, pues, sobre el suelo, en un lugar discreto y esperé. La primera persona que vino era una dama muy gorda e intimidante, que sacó de su bolso una gallina sin plumas y la ofreció a mi abuela quien, sin decir palabra la recibió y acto seguido comenzó la lectura del Tarot. Vino luego una mujer muy bella que parecía angustiada, presa de un gran abatimiento. Pude verla, por detrás del velo que llevaba, pero, una vez que hubo tomado asiento, sólo veía su espalda. Estaba maravillada al contemplar sus largos cabellos rubios y su acento extranjero. Tomó entonces un anillo de su mano derecha y lo colocó sobre el tapiz, y luego formuló una pregunta acerca de un hombre que se hallaba ausente. Mi abuela le hizo escoger algunas cartas, y habló durante un buen rato con ella. Cuando salió me dijo: "Es el momento de que aprendas una ley, mi pequeña: Nunca se debe anunciar la muerte. A veces ella ronda a una persona y, si los pensamientos de aquellos que aman a esta persona son pesimistas, puede venir con mayor rapidez y más seguramente. En el caso contrario, hay alguna esperanza. El tiempo de la muerte puede cambiarse, pero es necesario ser muy sabio y poderoso para actuar en este sentido. A mí no me corresponde hacerlo. Pero la ley de los videntes como yo es la de jamás predecir una muerte, y por otra parte, la de no sustentar nuestra vida en la lectura de cartas, a menos que exista una necesidad absoluta para ello. Recuérdalo siempre".
El último cliente, que fue el único en darse cuenta de mi presencia, era el joven conserje del hotel. Depositó una espléndida rosa sobre la mesa y pidió a mi abuela que le hablara de su prometida. Al llegar la noche, mi abuela recogió el fruto de sus pactos de videncia: un ave, una joya y una rosa. Los días siguientes fueron más rentables y pudimos partir hacia otra ciudad dejando nuestra cuenta saldada.
En esta forma comencé a practicar. Aprendí también que un don se pierde cuando se comercia con él. Por el contrario, el pacto de videncia entraña un acuerdo honesto y recíproco que le protege. Por este motivo, muchos consultantes acudían a diario a ver a mi abuela, quien respetó siempre este pacto. Ella ponía en práctica su profundo conocimiento de las cartas, interpretaba sus combinaciones y calculaba lo que se conoce como la línea de la vida. Pero también lo hacía en aquellos momentos en que la facultad se alejaba de ella. A veces, podía llegar a equivocarse en cuanto al tiempo de un suceso, en un lapso de unos tres meses, pero los hechos mismos se verificaban con precisión.
Este conocimiento del Tarot, que no depende precisamente del don de la clarividencia, es el que intentamos transmitir en este
apartado. |